Un hombre despierta 3 de la mañana, enfundado en su terrible pensamiento trata de conciliar el sueño. 6 de la mañana suena el despertador, el tráfico inicial se escucha cerca como ráfagas de ametralladora.
Se levanta, se da un baño y piensa en todo su entorno; la mujer que lo dejó, los niños en sus manos pobres de cariño, el jefe psicótico, el trabajo rutinante. Sale del baño, toma las pastilla que lo aferran a la cordura, guarda el maletín negro en su carro y sale de casa. Tráfico en Juárez, calles cerradas, la multitud, la gente encerrada en sus propios infiernos, llega tarde al trabajo. Tercer retardo, un día de no paga.
Las juntas de la mañana no hacen más que llenar el vaso de la intolerancia, su iracunda fe va perdiendo los estribos, el teléfono no deja de sonar, las presiones laborales lo atosigan. Se le nubla la vista y con ello la consciencia. 12 del día, el climax laboral es lo despiadado que encuentra, falta poco para salir.
El cielo parcialmente nublado imprime los tonos de la tarde de octubre. Encerrado en el baño el hombre llora, grita dentro de sí tratando de calmar el ímpetu acumulados. Suena su localizador, es hora de pagar fianzas, hipotecas y pensiones. Más bocas que llenar, otras que callar. Sale del edificio y las primeras gotas disgregaran los pecados cometidos. La gente camina presurosa, el hombre se dirige a su carro. 2.15 de la tarde, aún no llueve pero se siente el sopor de las lágrimas del cielo. Esquina de Caín y Juárez, la luz verde del semáforo es la señal inequivoca, el hombre sujeta con fuerza su vida y su alma.
Saca el arma y dispara.
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