domingo, 9 de enero de 2011

Los placeres del sub mundo vol. 1

Sin ser franquicia del otrora cine Teresa de eje central en el Distrito Federal y emulando todo lo que esta ciudad ofrece, el cine Teresa en la ciudad de Puebla es digno de cualquier escrito de Kafka o bien de un escenario de cinta de Almodovar. Y es que entrar a este cine es ingresar a los bajos mundos sexuales de los denominados HSH y que encuentran en él el sitio ideal para el encuentro fortuito.

La explanada del cine esta cercada, como para que la acera no se aprecie lo que es, no hay marquesinas que anuncien las glorias de la pornografía exhibida. Al final la taquilla anuncia la cooperación de 30 pesos y los viernes la tarifa aumenta a 40 por ser noche de parejas. Un hombre entrado en años y encerrado en el tiempo te da un ticket similar a una rifa de feria, no hay premios gratos, sólo incertidumbres. Un segundo hombre vestido de negro te recibe, le damos un saludo y no responde. Enmudece ante nuestros ojos y se muestra extraño.

Un cartel de Mujer Bonita engalana el vestíbulo y una tienda con algunos chicles, refrescos y dulces. Dos entradas laterales cubiertas por una cortina de hule negro son el marco para la fantasía decadente que allí habita. Las cortinas se abren y un pasillo mal iluminado, sucio de paredes y pisos nos da la bienvenida.

La persona con la que voy ha frecuentado el sitio, y accedió a llevarme con el fin de que conociera otros sitios de encuentro dentro de la investigación de conductas de riesgo de VIH que estoy haciendo. Solo hay hombres, la mayoría pasan los 40 y a simple vista de un perfil demográfico C o B... En lo que me adapto a la luz observo miradas ajenas que caen sobre nosotros, y es que al entrar uno se vuelve en el punto de atención inequívocamente. Quizás llamamos la atención por lo ajeno que nos vemos al sitio en sí, o carne fresca para otros, no lo sé y no me interesa indagar.

La película porno traducida al castellano ibérico me llama la atención. Imágenes crudas que invitan al sexo rudo y sin protección, si bien no es la mejor calidad de producción, ni de proyección y audio sirve como escaparate de lo que allí acontece. Hombres solos sentados en las butacas esperan compañías pasajeras. Otros deambulan en los pasillos que abrazan las hileras de butacas y el pasillo central. Al fondo junto a la pantalla se observa un par platicando. Hay cigarrillos encendidos, impregnan el humo el recinto.

Me comentan que el rito es el siguiente: entran y unos se quedan en el pasillo que da a las espaldas de las butacas, el mal iluminado, los que buscan algo ocasional, de rápido; otros se sientan esperando compañía y hay unos más deambulan entre filas para secundar a los antes descritos. Se sientan, no hay palabras entre ellos solo acciones. Uno cierra los ojos y el otro se enjuaga los labios. Empieza el vaivén...

Hay un corredor que da a la salida de emergencia, son obscuros y con charcos de agua. Ellos sirven para encuentros de pie, no hay palabras, solo intercambian miradas y los cuerpos se acercan. Mi guiador me dice que no van mujeres, solo travestís buscando satisfacción ajena. No se habla de prostitución, solo un intercambio sexual y punto.

La mayoría de los hombres de este sitio son obreros, albañiles, de oficios modestos, quizás haya algún casado, pero la gran mayoría buscan encuentros con alguien de su mismo sexo. La clandestinidad los hace fuertes ya la vez vulnerables. Solo veo un muchacho de unos 23 años que deambula, nos echa la mirada que le rechazamos inmediatamente. Se dice que hay leyendas urbanas como aquella de un hombre muy bien parecido que tras de un encuentro oral se lleva a sus víctimas y las roba. Al parecer esta historia ocurre en otro momento, no esta noche.

Minutos después salimos del cine, ya es de noche y aún siguen entrando hombres. La calle se muestra fría ante el lugar, quiero suponer que los vecinos saben lo que sucede y callan ante el hecho, aplicando lo que alguna vez la Loy (el personaje que bailaba a los peregrinos y sabía de cartas y predicciones del viejo Huitzo) dijera "que cada quien haga de su culo un tambor".

Y mientras conduzco pienso en la gente que allí habita, seres marginales que la revolución sexual no les hizo justicia y sortean al destino como juego de ruleta rusa.

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