domingo, 19 de octubre de 2008

Alejandro

Alejandro corre apresurado por las escaleras de madera prefabricada, probablemente de China, al escuchar que mamá ha llegado. Cansada, entra al pórtico con el vehículo blanco inmaculado que los años de bonanza le ayudaron a obtener. En sus manos llenas de vida lleva las memorias y las nuevas vidas de vástagos ajenos que ha ayudado a crear en la noche silente dentro de quirófanos sépticos; esas manos que han dado sentido a su existir cada vez que aprieta en su pecho maternal al pequeño que algún momento le robo el aliento y que probablemente en años venideros lo haga con mil y una historias de amores, desamores, triunfos y las ambilavencias necesarias que escribirá en los anales del tiempo.

Mamá llega con la bolsa de pan y un litro de leche para calmar el ímpetu voraz de hambre de Alejandro que con su risa puede transtornar el mundo y hacerle ver que la vida es un cúmulo de posibilidades por descubrir. Ella se entrega a él y él se entrega a sus brazos de madre. Le sonrie y ella recuerda los años de amamantamiento cuando en un festín amoroso y de vida volvian a ser uno en su regazo de mujer.

Salta por los pasillos blancos, juega con balones de helio y un acordeón rojo, mientras descubre que las llamas que el carro de bomberos extinguió se han encendido de nuevo y utiliza los aditamentos de la construcción para poner a salvo a su madre de aquellas lenguas ardientes que solo el mundo visto desde los tres años es capaz de crear. Ayer fue doctor junto al abuelo, descubrio nuevas plantas junto a papá y con la abuela aprendió nuevas canciones. Alejandro crea historias fantásticas y sólo él es capaz de construirle a mamá un mundo maravilloso.

Después de la merienda mamá apoya al niño a lavarse los dientes tan y como lo hizo la abuela 30 años atrás y como ella apoyo en las labores de enseñar a los hermanos menores. En este momento es cuando la sala se convierte en un triciclódromo y mama echa alegorías desde el palco a su pequeña gran estrella. La diversión pueril no tiene cese mientras mamá no deja de sorprenderse por el misterio de la vida que ella llevo en su vientre y que el día de hoy le dice "mamá".

Vuelas las horas y mamá piensa en que mañana habrá que consultar y probablemente llegue otra jornada de 8 horas nocturnas dando luz a nuevas esperanzas. Alejandro, encapuchado ahora salta de un banco en su interminable imaginación.

Alejandro duerme entre sábanas multicolor y mamá lo abraza, le canta al oido mientras su susurro se vuelve paulatinamente en un murmullo. Olas de anhelos se abalanzas en el niño mientras mamá le enciende una luz de noche que le guiará a donde quiera que vaya a la espera de que vuelva a salir el sol y con ello nazca de nuevo la esperanza del mundo a través de los ojos de un niño de tres bondadosos años.

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